“Hállome fría y volátil y mi pecho es un trombón plateado de rocío de jaspes.

La lámpara es una copa de anís y no alcanzo su comprensión. Me incorporo en el oleaje de un bruto aguador y soy enana entre las aguas escuetas que son mi ser. Exánime de ventoleras raudas quedo sin vida y asciendo. La pompa del sur me inunda y ya no concibo. Quiero tomar la bicicleta verde del patio rojo. Quiero mascar las astillas del féretro que es mi casa.

Valiente certeza la del avispado aguijón que espetó en la sien. En la polis los críos bailan y las crías lloran porque hace frío. Ingenuas tornan a sus aposentos anhelando cuanto un día no fue.

Soy un árbol conmovido y triste que bebe de la flor. Soy terrible y muero por serlo. Muero sin serlo y me devora la miseria. Soy miserable de ojos para arriba pues no puedo no serlo. Mi vida anhela frescura y no vida. ¡Cuántas veces pudiera no seguirte, pardiez!

Es la ruina carbonizada carbón sin fin.”

El 20 de diciembre de 2017 brotó la voz primera de las páginas de este, mi segundo cuaderno. Tan sólo seis meses después surgió la primera de las imágenes –primera de las 65 siguientes que acompañaron a la palabra–. Ambas, a la par, fraguaron ‘Jaspes médulas’, un breve diario de abordo el cual me ha acompañado los meses de junio, julio y agosto. Un año después del primero de los pasos, irrumpió el público de Menomale en esta dimensión –reflejo de mí– y con ello nació la condición de ‘arte0 aplicado a este soporte.

Reivindico el diario como soporte estético y, por ende, explicativo. A modo de cuaderno de artista es, lejos de un mito, una unidad en sí en la cual verterse y consumirse hasta la nada. No es complemento; es sujeto indisoluble. Es este mi diario. Es lo personal cuanto puedo aportar a un mundo global, pues no alcanzo ficcionalmente a un estándar lejano.

Aunque lo intento, entiendo la partícula y no el átomo.